20 años ¿no es nada?

Hoy se cumplen exactamente 20 años de mi llegada a Villa de Soto, de mi descubrimiento, enamoramiento y conciencia súbita de haber encontrado “mi lugar en el mundo”.

 

Aquella mañana venía mirando el paisaje seco, tan parecido a mi Patagonia, pero con un poco más de altura y algunos cardones, preguntándome si el Cosmos me querría hacer aceptar esos “desiertos” con poco verde y mucha arena, como mi sureño San Antonio Oeste, donde me crié.

Sólo conocía entonces hasta Cruz del Eje, lugar de pertenencia de una de mis maestras más queridas, la muy joven Señorita Mary Heredia, que hizo sus primeros pasos de docencia en aquel pueblito sureño, y lugar de mi papá literario, el poeta José “Pepe” Caribaux.

Cuando el bondi dobló la curva que antecede al puente, juro que vi una cúpula de luz más allá del río, por sobre los inmensos y verdes árboles. Debe ser locura de familia, porque mi madre, mi hermano, y una sobrina, en visitas separadas, dijeron ver un enorme arcoíris (y la seca era total).

Entramos en una ancha calle de arena, igual a las de mi viejo pueblo, y adelante apareció un camión regador, tal como el de mi infancia (que tantos retos me costó, porque el agua allá era de mar y dejaba huellas blancas en la ropa cuando la atravesábamos corriendo pese a los retos del chofer).

Villa de Soto era IGUAL a mi pueblo de infancia, igual pero con ÁRBOLES, inmensos árboles plenos, algunos muy verdes, otros muy dorados, otros casi plateados en ese invierno por comenzar.

Indudablemente, era el paraíso.

Lo único que faltaba era ver si mi trabajo allí sería bueno, si yo tendría capacidad para hacerlo, si podría con lo que me parecía una enorme responsabilidad, mi primer trabajo como Profesional dentro del Ministerio de Salud, a mis casi 50 años de edad y luego del Trueque y todas las miserias económicas del menemismo.

 

Hoy estoy jubilada, podría vivir donde quisiera. Tres de mis cuatro hijes viven en Río Negro, como cinco de mis seis nietes, que me han pedido que me mude cerca de elles…

Y no quiero irme de acá.

Este es mi lugar, así lo siento.

Por pedir, me gustaría pasar los veranos en la costa de mi Río Negro, donde nací, pero sólo en verano, por el calor (tanto el excesivo del clima como el tan necesario de hijes y nietes).

Acá, en mi Soto, tengo mi casita, construida con esfuerzo de años. Tengo mi terreno con tantos árboles y frutales que planté. Mi vieja biblioteca ahora pertenece a la IPEM de donde egresó mi hijo menor. Tengo amigues y gente que me recuerda y me quiere. Tengo mi pequeño cementerio de perros y gatos. Tengo mis recuerdos. Y también las cenizas de mi viejita debajo de su algarrobo que va creciendo de a poco.

Sé que para los lugareños seguiré siendo “de otro lado”. Lo importante para mí es que yo “sé” que pertenezco a este lugar como no pertenecí a ningún otro.

Este es mi lugar en el mundo.

Desde aquí quiero partir el día que me llegue el momento del viaje final.


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