¿Qué te puedo decir, desde mi oreja atenta y el pensamiento crítico?
En la FM de Radio Universidad de Córdoba, programación de vacaciones de verano, están pasando unos contenidos que, según anuncian, produce el Ministerio de Cultura de la Nación.
Entre ellos, uno que se titula “Qué te puedo decir”, donde
habla Alejandro Kauffman (no sé si se escribe así) a quien no conozco de nada y
de quien no dicen su formación, supongo será un Comunicador Social.
Hoy ha hablado extensamente, con un excelente vocabulario,
una muy agradable voz y tono, y mucha facilidad expresiva, de las palabras
vanas, los miedos, el Servicio Meteorológico, y de palabras que hasta podrían “matar”.
A mí me gustaría decirle que ÉL está usando muchas palabras
vanas, especialmente por ser sesgadas y erróneas... y que lo hace de forma taxativa,
como si fueran verdades no discutibles.
Un ejemplo simple: afirma que el miedo no existiría de
manera “natural”, espontánea, y que “siempre” debe ser enseñado y aprendido.
Por un lado, es claro que no ha observado cachorros
mamíferos (incluyendo al humano) y que de Etología, nada.
Tampoco diferencia miedos genéticos (evolutivos), como el
que todo bebé tiene a partir de los 8 o 9 meses de vida, cuando ya puede
gatear, a caer en un abismo. Esto probado en experiencias científicas de hace
más de medio siglo, donde se pone al bebé a gatear en una superficie cubierta con
vidrio, con un sector visible sin mesa debajo, y el bebé SE DETIENE espontáneamente
con expresión de temor, ante lo percibido como vacío, a partir de esa etapa
madurativa (es decir, no hay aprendizaje sino miedo madurativo genético).
No los diferencia, digo, de los miedos culturales
(aprendidos por enseñanza y experiencias) como el de no tocar los enchufes, por
ejemplo (siendo que la electricidad es muy posterior a los miles de años de
evolución mamífera en la vida prehistórica), o a los contagios por virus, bastante
reciente.
También confunde maduración (proceso biológico natural) con
aprendizaje (posibilitado e influenciado por la maduración, pero adquirido y
muy influenciado por lo cultural).
Y dice más, como que “antes” nos reíamos del pronóstico meteorológico,
como si no nos importara, sin considerar que era porque se equivocaban mucho, y
no porque "mirábamos por la ventana" para saber el clima, y que ahora
no se equivocan casi nunca (lo mismo, yo sigo mirando por la ventana para
verificar).
Y no considera a la mitad de la población mundial, que vive “desconectada”
(en nuestro país, posiblemente un 20-30%), y que no tiene acceso ni siquiera a
los pronósticos (mirada pupocéntrica, diríamos en cordobés).
El problema no es tanto lo que dice, que puede ser una
opinión válida como opinión (y no una “verdad”) sino que lo afirma como si
fueran verdades.
Son palabras vanas, de veras.
Y, por cierto, las palabras no matan ni lastiman, como
afirmó de manera enfática, si YO no les doy entidad o valor. Lastiman los
golpes y las armas, las ACCIONES violentas y corporales. No las palabras.
No sé cómo comunicarme con él (con elles, el disertante y la
producción de esos contenidos).
Si alguien sabe, estaría muy bueno que pudiera acercarles
estos comentarios.
Me gustaría que esta mi opinión (fundamentada brevemente)
les llegara.
Tal vez pudiera moderar un poco esa clara soberbia
portocéntrica.
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